Querido Sam:
Seguro haz notado mi ausencia. Estas dos semanas han sido difíciles, entre terminar mi semestre y las dudas que han surgido sobre mi porvenir, no he tenido tiempo de nada. Los lingüistas son maquinas que trabajan todo el tiempo y cada que existe la posibilidad de un suspiro, me atiborran mi bandeja de entrada con asignaciones y tareas extras; no le veo el fin. Pero el motivo de esta carta no son mis habituales quejas sobre lo que hago y lo que no hago. Es más bien para contarte un evento que hubo este fin de semana (desde el miércoles). Una compañía de teatro llamada Royale Delux pisó tierras nantesas con enormes gigantes caminando por toda la ciudad. Se supone que cada dos años vienen y hacen un recorrido, y específicamente vienen a esta ciudad porque aquí nacieron. En fin, no sé bien la historia porque no he tenido tiempo de leerla, sin embargo, te puedo contar exactamente qué es lo que vi. Dos enormes gigantes caminando por las calles. La primera, era una abuelita. La historia, que leí rápidamente, dice que la abuelita bretona (de Bretaña, una región al norte), llegó desde el espacio para descansar frente al Teatre Graslin dónde estuvo dormida un día. Al día siguiente la expusieron en su silla de ruedas, dormitando bajo el sol. Ese día, llegó un niñito negro que fue a dormirse frente a la mediateca. Dicen que el viernes en la noche y el sábado, ambos recorrieron todas partes, en realidad yo fui hasta el domingo. Ese día salí de aquí a las 2 del día porque el recorrido empezaba a las 3. Llegando allá, esperamos en el centro pero no pasaba nada así que decidimos ir en busca de la abuela. De pronto se escuchaban tambores y se veía como ella andaba en la silla de ruedas y de la nada plop, se detienen, los hombres empiezan a hacer malabares y comienza a levantarse. Su cara era maravillosa, se veía como se movía cada musculo de su cara. Sus piernas caminaban lentamente con su bastón mientras miraba a todas partes. Fue maravilloso. El pueblo nantes aplaudía con cada paso que daba y miles de personas fotografiaban dicho evento mientras danzaban discretamente al son de los tambores. La seguimos durante varias calles y después desistimos porque había demasiada gente, hacía demasiado calor. El lunes era el último recorrido, era también el funeral de ambos. Era momento de regresar a sus tierras en el lejano espacio así que hicieron otro recorrido ambos hasta sus camas. Ahí fue donde vi al niño negrito quien con expresión triste caminaba atrás de la abuela. Fue una peregrinación silenciosa a pesar de que los tambores de jubilo seguían retumbando. Llegaron a sus camas y gruas gigantes los levantaron para poder recostarlos sobre sus camas y así llevarlos hasta la isla, dónde el enorme elefante se encuentra (en las maquinas de Nantes). La gente los seguía y nosotros los seguimos con los ojos porque de nuevo, el calor y tanta gente era abrumador. Me despedí de ellos en silencio sin saber qué pensar o sentir. Había algo en la mirada melancólica del niño, y en la calma de la abuela que me perturbo más de lo que pude haber imaginado. Caminamos más y decidimos regresar a nuestras casas. Beth iba conmigo y siempre que salimos le gusta pasar a mi casa a dormir un rato antes de regresar a la suya, así que eso hizo mientras yo leía mi correo y me encontré con más trabajo de parte de la universidad.
Es por eso que no estoy tanto porque es un semestre interminable, lleno de preocupaciones. Sigo sin trabajo además y necesito 500 euros para septiembre, así que ya sabrás en qué mierda me encuentro.
Espero que usted esté bien porque hay mucha queja de su parte por mi ausencia cuando usted la suya es aún más. No es reproche mi querido Sam, es recordatorio.
Sin más por el momento, te mando un abrazo,
Becca
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